viernes, 11 de mayo de 2012

A la persona que amo.


Diluvio.
A la persona que amo le puedo decir muchas cosas, pero no la puedo tocar. Hoy el cielo está en mis manos repletas de almíbar en las migajas en el mantel de la mesa, acurrucándose en suaves ondas del viento sobre mi oído; -y casi sin concebirlo he prestado mi inocencia de flores ardientes- ya no logro escribir ni pensar frágilmente, en realidad me abarca un puerto de limbo; me espera la cazadora voluptuosa y su unicornio de zafiro haciendo el amor dementemente. No me harás detener. No me harás detener. Ni en la salida de sol por la noche de luciérnagas de hilo como el calcio retenido en una pluma espiralada:
contando un sonido crudo y sensible a la luz de universo cantante porque hoy no importa quién seas o a qué te dediques, no quiero que me digas tu nombre, no quiero saber tu edad, no me interesa cuántas veces puedas lograr o no algo. -Eres solo piel de polvo de sol y estrella; estela al levantarte de la cama, brisa cuando te despiertas y piensas en un ser amado, aire cuando intentas darte explicaciones acerca del mundo: fuego cuando solo sigues dándome algo de ti. 
Dicen que el amor va a la par de los dos pájaros, que ninguno puede ir detrás ni adelante del otro;
Estás lo suficientemente lejos para saber que soy solo un lirio de cristal en plena selva. Ayer las cosas no se precipitaban nunca. Hoy quiero ser lo más explícita posible; ¡Por favor detente! ¿Esto es autorreferencial? Hora. Existen dolores que no son fáciles de soportar. Muy despierto, solo, uno solo; momentos inevitables y atractivos con sus labios carmín, quiero que me dejes, ¡Déjate! Por favor, acércate (eso no garantiza lo de antes). La belleza ha terminado. Sirenas ahogadas, mar de ácido y una cierra reparten partes de tu rostro subrrealista y terco, una escena diametralmente grotesca; -digamos que en el "mundo" todo está permitido-
 Amedrentado como caleidoscopio en la silla de Dios el recuerdo ilumina el lago milimétrico multicolor,
debajo de las enredaderas de jazmines y veladores una dama aguarda, resucitándose una y otra vez, de paso por el camino de ladrillo en la distancia de la superficie de este subterráneo de tierra y vida.
Las hojas que caen en la profundidad de las grietas del suelo, el corazón parece evitarse un disgusto...
Calmado. Ebrio fluyendo en las olas de mi alma.

















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